“El lobo de Wall Street” de Martin Scorsese: capitalismo sociópata

“Cuando el desarrollo del capital de un país se convierte en un subproducto de las actividades de un casino, es probable que el trabajo se haya hecho mal”

“Los mercados pueden mantener su irracionalidad más tiempo del que tú puedes mantener tu solvencia”

John M. Keynes, economista

Dos secuencias marcan El Lobo de Wall Street de manera sublime y dividen sus tres actos. Una primera, donde se expone toda la filosofía de vida de estos supuestos profesionales que poblaban y pueblan Wall Street, con un Matthew McConaughey espectacular, que simplemente con un cuasi cameo de diez minutos levanta al espectador y perfila los fines últimos de los moradores de la plaza financiera neoyorquina. Una segunda, consecuencia de la primera, confirma el exceso sociópata, sinrazón capitalista, que lleva a los personajes a excusarse fuera de sí mismos a través de las drogas y a arrastrarse literalmente por un buen puñado de millones de dólares.

El Lobo de Wall Street

El Lobo de Wall Street de Martin Scorsese

El Lobo de Wall Street emparenta íntimamente con el cine de Scorsese, embutido en el mundo de la mafia en particular y con toda su filmografía en general, a través de la subida y posterior caída a los infiernos de sus protagonistas, presos de sus ambiciones e impunidades, mudados aquí de italoamericanos actuando al margen de la ley a Wasp encontrando los vericuetos más infames y amorales del mundo financiero, desmantelado desde la década de los 80 hasta nuestros días, donde sufrimos con toda la virulencia de la siguiente versión del capitalismo 3.0 o capitalismo sociópata, ya no preocupado de producir o simplemente de especular, sino justificando su comportamiento desde el nihilismo financiero personalista y millonario de sus habitadores (¿Capitalismo como elección o como naturaleza del ser humano?)

El Lobo de Wall Street mantiene su interés en su desenfrenado ritmo interno orgiástico, bañado en alcohol, drogas y meretrices, cual carrera desquiciada cuya salud solo se encuentra en las abultadas cuentas suizas de sus peregrinos, historias en las que Scorsese es maestro de maestros. Un apoyo mayor de movimientos de cámara, como ocurre en Uno de los nuestros, hubiera dado el toque necesario para que el espectador no tenga la sensación de una larga y plana consecución perversa e impúdica por su verosimilitud. El libertinaje comienza pronto y es casi continuo hasta el final, mantenido por el director (exorcizado de la atávica presión de haber recibido ya el Óscar) en la cuidada interpretación de Leonardo DiCaprio y el magistral Jonah Hill, con un par de duelos interpretativos dignos de perdurar en nuestras retinas.

El Lobo de Wall Street conecta así con otras películas (ver La crisis económica y el cine) que intentan relatarnos la codicia sin límites en el proceso de desregularización financiera de los 80 (Wall Street de Oliver Stone), la sociopatía sufrida por sus moradores (American Psycho de Mary Harron) o la dura realidad del engaño perpetrado (Inside Job de Charles Ferguson). La suerte de El Lobo de Wall Street es que sirve como denuncia, anclaje e hilo conductor entre los yuppies ochenteros y los alocados estafadores de los 2000, ubicando la profundización que se produjo en los años 90 en dicha desregularización apoyada desde las más altas instancias de las autoridades estadounidenses, que en aquellos momentos nadaban en la abundancia del superávit de la Administración Clinton y la vulgarización de las operaciones financieras, más cercanas a la venta telefónica o de la teletienda que a serios agentes de bolsa y sesudos economistas manejando los pobres ahorros de los trabajadores. Ya nos avisaba Keynes.

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