“Amour” de Michael Haneke: la sublimación del amor verdadero

Amour” de Michael Haneke, como ya han apuntado muchos otros, es, con diferencia, la película más amable del director austriaco. No tanto en su forma, que sigue el esquema de otros filmes anteriores, sino en el acercamiento de Haneke a la naturaleza humana. Lo desconcertante en este director siempre ha sido su irracionalidad a la hora de mostrar el origen de la maldad en el ser humano, y su visión sin tapujos de ese choque violento entre realidad y la violencia devenida. Nunca sabíamos de dónde procedía esa maldad, si de la sociedad, de la educación o de las mismas entrañas del ser humano.

"Amour" de Michael Haneke

Amour” de Michael Haneke

Pero en “AmourMichael Haneke nos enseña “el lado bueno” de la naturaleza humana, que pese a rencillas, problemas pasados, decepciones y falta de comunicación con sus semejantes, siempre brota para actuar como se espera del mismo. Y no en vano, los tiempos que vivimos necesitan de una reivindicación de los valores fundamentales del ser humano como ser social y apegado a otros de su condición, y dejar de lado el relativismo que, aunque bueno para determinados dogmas que intentan introducirnos desde diferentes esferas, es muy malo para nuestras estructuras cívicas y sociales, y en particular, comportamientos familiares.

Aún alabando la belleza y amabilidad de la película, no deja de tener puntos oscuros en su narrativa, tan oscuros como cualquier otro film de Haneke, con la diferencia de que el espectador se mueve totalmente en la certidumbre basada en la empatía, identificación y racionalidad de los actos de los dos protagonistas, los magníficos Jean-Louis TrintignantEmmanuelle Riva, que no desaprovechan la oportunidad de poner todo su buen hacer al servicio de Haneke, creando dos maravillosos y complejos personajes, cada uno desarrollando más la faceta encargada, ya sea en el caso de él la psicológica y en el caso de ella la física.

Amour“, además, no busca, como otros “hanekazos“, sumir al espectador en la sensación de otros filmes en los cuales, sin motivo ni aviso aparente, pone al espectador al pie de los caballos golpeándole con el arma que es la irracionalidad del comportamiento humano, dejando pues, la sensación al mismo de poder ser el monstruo que está visionando… “Amour” y su narrativa, a veces dura, a veces deliciosa, nos traslada a situaciones que, si no hemos vivido ya, tendremos que pasar por ellas en algún momento con seres cercanos, lo que refuerza el hecho de la identificación del espectador y su total aceptación de los hechos que narra Haneke, que claramente, en esta ocasión, decide no sacar al espectador de su zona de confort.

Pero “Amour” va más allá de un simple alegato del amor maduro o de las responsabilidades que tenemos con el semejante. Es todo un ejercicio de estilo, de encuadre y de reencuadres dentro de la misma imagen, no sintiéndose el espectador en ningún momento molesto por el desarrollo de toda la acción en un mismo espacio. Es más, ese espacio que es el hogar marca la historia, su principio y su fin, su desarrollo y su concentración en determinadas estancias. Incluso, marca su sentido metáforico como vida en sí mismo, como habitáculo vital, que se abandona cuando no hay más que hacer.

Un último apunte mucho más importante de lo que puede parecer en “Amour” en un primer momento. El relato es un inmenso flashback, que comienza con un plano de un público enfrentado a nosotros, público también, lo que refuerza a Haneke en su idea de observador de la realidad, y nos hace conscientes e inmediatamente partícipes y protagonistas de la historia, dejándonos obvio su afán por contar, esta vez sí, nuestra misma historia rutinaria del día a día. Dura cotidianidad, sí, pero con un suspiro de esperanza basado en el amor, no del que finaliza con la boda o el beso, sino del que empieza donde acaba la comedia romántica hollywoodiense. En dos palabras, el amor verdadero.

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